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BRUJAS, ARPIAS DEL AVERNO.

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BRUJAS, ARPIAS DEL AVERNO.

Mensaje  Etheren el Mar Ene 26, 2010 7:10 am

BRUJAS, ARPIAS DEL AVERNO.

Tenía yo en ese entonces 18 años y me había disgustado con mi madre por un pleito a golpes que sostuve con un vecino de otro pueblo; yo no tuve la culpa, lo hice por defender a un amigo. Pero mi madre tomaba muy a pecho este tipo de acciones y me dio una reprimenda muy fuerte. Me hice el ofendido y, a eso de las once de la noche, sin que ella se diera cuenta, guardé un par de prendas en un morralito y salí de casa, dispuesto a abandonarla para siempre. Grave error pues al estar en la calle, volví a la mirada a todos lados, tratando de hallar un lugar donde dormir; mis amigos ya estarían durmiendo; además, no estaba acostumbrado a molestarlos para pasar la noche en sus casas. De pronto, recordé que en un sitio lejano tenía otro compañero de estudios y correrías, Margarito se llama. Resuelto a pedirle posada, encaminé allá mis pasos, para eso atravesé el caserío que forma mi pueblo y que está asentado en un loma, al este de Tepotzotlán. Una vez en las afueras, resolví caminar por un sitio solitario, me sentía tan mal, anímicamente, que no quise andar por las calles; además, tomando aquellas veredas, arribaría más pronto al sitio donde mi amigo aún tiene su hogar.

El sitio se halla como a dos kilómetros del pueblo, en un llano llamado el Cerrito, ya que ahí existe un montículo como de seis hectáreas, bordeado en su parte norte hasta el oeste por un tranquilo arroyo, ahí, en el extremo oste a unos trescientos metros de otro caserío llamado El Rosario, vive mi amigo, justo frente a donde el riachuelo tiene su curso. Pues bien, bajé la cuesta de mi pueblo y empecé a andar por una brecha, un tanto despejada y que corre paralela a un canal donde va el agua que baja de la presa llamada La Concha. El coraje que aún sentía evitaba que tuviera temor, a pesar de la soledad de la noche, que por cierto, era muy clara. Podía ver los árboles y las milpas. Luego de varios minutos de caminar, llegué a una desviación que va en dirección al Cerrito; esa vereda corre paralela a los árboles que se alzan en el borde del arroyo que pasa frente a la casa de mi compañero; sin saber porqué, al avanzar por aquella vereda, sentí como la temperatura bajó, pero culpé de eso a lo llano y bajo del terreno. Seguí caminando a la orilla del riachuelo, teniendo a ambos costados, muchas milpas; pero ya con la cosecha tirada entre los surcos.

Faltaba poco para llegar a mi destino, acaso unos doscientos metros cuando sentí vergüenza por lo que pretendía hacer: serían ya más de las doce. ¿Cómo iba a llegar a esa hora a causar molestias? Estos pensamientos hicieron que detuviera mi marcha, estaba parado bajo unos anchos y altos árboles. De pronto, volví a la mirada a una milpa, para ver los montones de cañas secas de maíz que descansaban en una milpa.

¿Y si mejor amontonaba yo gran cantidad de aquel material y luego me metía bajo él, para no pasar frío? La idea no me pareció descabellada y de un salto libré el arroyo para adentrarme en el terreno; encimé unas cuatro gavillas de cañas secas, sin embargo, enseguida un temor me asaltó. En ese lugar abundaban las culebras, además, las arañas y otros bichos casi siempre se ocultan bajo esos refugios temporales, Por una cosa u otra, opté por tenderme boca abajo sobre el montó de pastura y, dirigiendo la mirada a la silueta de mi pueblo, que se distinguía, muy al fondo, me dejé llevar por ciertos sentimientos de tristeza. Allá, en lo lejos, sobre la cima de la loma, se distinguía el campanario del templo católico, los árboles y algunas casas; veía todo como a contraluz, pues aún no llegaba el adelanto del alumbrado público a mi pueblo. En eso estaba cuando, aún más en la lejanía, de detrás del cerro de La Columna, en la sierra de Tepotzotlán apareció una luz. -Un avión- Pensé. Sin embargo, aquella luminosidad, no bien se había alejado del monte referido un par de kilómetros; calculo ahora, cuando empezó a volar de manera extraña, era como si subiera y bajara en el aire. De un salto me puse en pie para observar mejor. -¡Un platillo volador!- Pensé esta ocasión. Y seguí, con la mirada y más que atento, las evoluciones de aquella singular luz, más bien pequeña, por cierto. Al lado noreste de mi pueblo, al pie de la pendiente, existe un lugar al que seguimos llamando El Huerto, y que no es otra cosa que un terreno, cuadrado; grande, circundado por pinos y alcanfores, estos últimos con una altura como de treinta metros, pues bien, aquella llama o lo que fuera, llegó hasta este sitio y dio una vuelta, alumbrando las copas de éstos árboles, enseguida, remontó la cuesta para dar otro giro alrededor de la cruz del campanario del templo; luego, se “descolgó” por así decirlo, en dirección a donde yo estaba y la perdí de vista. Tratando de hallar una respuesta a lo que acababa de ver, perdí varios minutos, ahí, parado sobre el montón de cañas secas; en eso, en el aire y en dirección a mi pueblo, se dejaron escuchar unas carcajadas horrendas y agudas, como mezcla de chillidos de cerdos y graznidos de siniestras aves. Busqué con la mirada, nada se veía y la intensidad de aquellos chillidos burlones aumentaba. De pronto, sobre las copas de los árboles que seguían el curso del arroyuelo, apareció un ave, oscura y gigantesca, de volar lento, creo que por el mismo tamaño, acaso cuatro metros de punta a punta de sus alas. En el sitio donde debía tener la cabeza se veía una luz, era como el fuego de una antorcha, encerrada en algo que la hacía ver opaca y sucia. Era aquel ser del infierno quien reía con estridencia en medio de la soledad de la noche. Oleadas de terror, convertidas en mordiscos gélidos empezaron a paralizarme desde las plantas de los pies, mientras el ente maldito se acercaba en dirección mía. Muchas cosas referentes a estos númenes avernales había escuchado, todas ellas desagradables pues había fama que le chupaban la sangre y la masa encefálica a los recién nacidos; colándose por el rincón más ínfimo de las casas. y aún mi madre me contó de una ocasión en que su tío, Lorenzo, fue llevado, por los aires, por uno de esos entes y lo dejó montado sobre uno de los altísimos muros de los arcos de un acueducto que hay entre los cerros. Eso no era lo peor, se contaba de gente que fue destrozada contra los matojos llenos de espinas y luego lanzadas a los despeñaderos y otras más, muertas por los bestiales arañazos de estas brujas. Todo eso llegó a mi mente, en tanto el bicharrajo del infierno se posaba en un árbol alto, justo frente a mí. Replegó sus alas mientras la sucia luz en su cabeza, oscilaba, haciéndose, grande y pequeña. ¿Cómo librarme de tal horrenda visión? ¿Cómo escapar del ataque, que estaba seguro me propinaría? En momentos como este, es cuando recordamos que hay un ser supremo, totalmente capaz de vencer a este tipo de seres; sin embargo mi mente era un caos que no conseguía hilvanar siquiera un rezo completo. Sentía el cuerpo tieso, agarrotado por el frío y el miedo. La mirada se me empezó a tornar borrosa por una especie de bruma que, en forma de pequeño remolino, comenzaba a envolverme, mientras que una especie de esferas de luz, danzantes, reventaban ante mí.

No sé de donde me vino la fe, el coraje para, con los ojos bañados en llanto, rezar completa una oración y así seguir con otras, mientras el nombre de DIOS ocupaba mis pensamientos. Al instante, la arpía de infierno levantó el vuelo y se arrojó por la misma dirección por donde había llegado. Yo no pude correr, no quise hacerlo pues d e haber actuado, habría llegado a casa de mi amigo, llorando de miedo. Me concreté a mirar como la bruja remontaba el vuelo hasta mi pueblo, volvió a darle una vuelta a la cruz del campanario y se alejó en dirección a
otro caserío.

Con el cuerpo aún aterido, busqué la manera de alejarme de ahí; pero ahora, la menor penumbra y soledad me causaban pavor. Además, la puerta de la superstición estaba abierta para mí y más referencias populares acerca del actuar de las brujas que vuelan llegaban a mis recuerdos. Una de ellas dice que, en el momento en que te toman para arrastrarte, la noche se hace más oscura para ti y sólo vez la claridad de la vereda, en realidad, dicen algunas gentes, te llevan por las axilas, volando, y tú crees que caminas. Tenía otro dilema, ¿Cómo iba a volver por el mismo camino recorrido, si era el mismo por el que llegará y se alejara la bruja? ¿Y si estaba por ahí, acechándome? Además, recordé que, en el camino que llevaba al pueblo El Rosario y justo antes de cruzar un puente y entrar al caserío, en un extremo, había los paredones de una casa de cantera, donde, según el decir de mi amigo, un ánima en pena se quejaba, incluso a las doce del día. No, tampoco iba a pasar por ese sitio. La débil luz de un foco, imagino que puesto en un madero, sobre una casa, se divisaba a lo lejos, más allá del puente que no quería cruzar. Esa me pareció la mejor opción para emprender el camino de regreso y hacia allá me dirigí, pero siempre mirando que realmente avanzara. Si, este árbol es real, tocaba y daba unos pasos; ahí hay unos nopales, me decía y hasta me detuve para golpear el suelo con el pie y cerciorarme que la bruja no me llevara en vuelo. Aún recuerdo que me detuve unos instantes para ver el paisaje. Estaba por llegar al borde del canal y muy lejos de la casa derruida donde se quejaba el muerto; sin embargo en un parpadeo y aún no concibo como es que ocurrió, me hallé parado ante los siniestros paredones. ¿Cómo había llegado ahí? Si yo caminaba, hacía unos instantes muy lejos de ese lugar, creo que jamás lo sabré. Solo dirigí la mirada al puente, unos quince metros acaso del sitio donde estaba parado; sin pensarlo más, corrí a todo lo que daban mis piernas y lo crucé, ahí estaban las primeras casas, pero no podía ir corriendo, no quería despertar a los perros que abundaban, así que fui con presuroso sigilo. Había avanzado acaso cuatro decenas de metros cuando los canes empezaron a ladrar y lanzar aullidos. Aceleré el paso para evitar algún mordisco, sin embargo, pronto me di cuenta que la amenaza no era contra mí, algo parecía seguirme. Volví la mirada, no podía distinguir bien por las sombras de las casas, pero los perros no ladraban ante mi paso. De ese modo llegue a una parte más alta, donde hace curva el camino y ahí me detuve para volver la mirada. Frente a una construcción, una tienda y donde un foco lanzaba luz sobre el camino de tierra, una docena de perros, con la pelambre erizada, hacían círculo, como queriendo atacar algo, invisible a mis ojos. Al ver aquello, de nueva cuenta emprendí alocada carrera hasta llegar a la vía, ancha y solitaria por donde pasan los camiones y vehículos que van y vienen en dirección a donde está mi pueblo. No me detuve sino hasta que me faltó el aire, justo en una bifurcación de la carretera, la espalda recargada sobre la base de piedra de una cruz, en ese entonces de madera. La indecisión volvió a acosarme, el camino frente a mí, era una vereda dispareja, lodosa y custodiada por la espesura. No iba a pasar por se sitio lleno de sombras, a pesar de ser un atajo para llegar al zocalito donde se levanta el quisco. Preferí seguir por la carretera pues la cosa aquella que me perseguía se acercaba, así me lo indicaba el corro canino que alzaba a su intangible paso. Corrí, corrí hasta que el ardor en mi garganta obligó a que me detuviera. Justo en el sitio donde un callejón de pronunciado declive unía la carretera con el camino que no quise recorrer; allá abajo iba el espanto aquel que me acosaba, se escuchaba el ladrido y el aullar de los perros.

-Quiere agarrarme al llegar al centro- así llamamos aún al zocalito donde está el quisco. Pensé.


Pero, tomando el riesgo, volví a darle velocidad a mis piernas, doble una esquina y llegué al centro. La certeza de hallarme en mi pueblo me dio valor, había llegado antes que la cosa que me perseguía al quiosco y me recargué en sus paredes, desde ahí escuché que el escándalo de perros se quedó al fondo del callejón que ahí también desembocaba. No quise averiguar más, volví a emprender la marcha, pero no estaba dispuesto a dormir en mi casa, era seguro que al estar ante mi madre, la experiencia vivida me hubiera hecho llorar ante ella. Recordé a un primo, como no se me ocurrió antes de salir del pueblo, pasaría la noche en su casa. Él era un tanto alocado, mayor ya, le gustaba beber pulque y se empleaba como peón de albañil o en el campo. Este personaje singular, me contaría algo más referente a las brujas, sin embargo, eso será otra historia.

Etheren

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